Eduardo:
¿La filosofía en sí, es algo serio para ti?
Alejandro:
La filosofía en sí, sí me parece algo valioso, sobre todo como auto-poiesis, como Aristóteles al final de la Ética. En ocasiones la academia se trata de todo menos de esto.
Eduardo:
Pero ¿no que estabas en contra de la filosofía como algo edificante? Si
la filosofía sirve por su capacidad de darnos eso, pareciera que es su
único valor.
Alejandro:
Es una buena pregunta. Hegel
dice que la filosofía no debe ser edificante y kierkegaard dice que él
no es filósofo al ser edificante. Ahí se tiene que hacer una distinción:
el contenido de la filosofía no puede ser edificante, porque si no el
filósofo se vuelve pastor. Sin embargo, en el filosofar hay edificación
aunque la filosofia en sí sea sobre el conocimiento la actividad
filosófica; el filosofar es el que se vuelve edificante.
Eduardo:
Suena interesante, aunque tengo mis reservas....sobre todo porque si el
carácter edificante de la filosofía se da sólo como un añadido,
plenamente subjetivo, que sobreviene a la actividad de filosofar, en
primer lugar no es posible quejarse del actuar de los demás, pues puede
que sí se estén edificando aunque uno no lo sepa. Esto abre la puerta a
que se edifiquen filosófando independientemente del contenido con otras
actividades.
Alejandro:
Es verdad no es posible quejarse
de lo que los otros hagan pues estarías pasando juicios morales sobre
los demás, juzgando su subjetividad y eso no se puede hacer porque no es
posible ver la subjetividad ajena como enseña Temor y temblor. También
es verdad que cada persona puede edificarse con actividades ajenas a la
filosofía, aunque la filosofía sería de acuerdo a Aristóteles la
actividad edificante por excelencia. Él mismo dice que hay edificación
en el ejercicio de cargos públicos, pero que esto no es tan perfecto
como el filosofar. Las consecuencias que sacas me parecen acertadas pero
no creo que invaliden el punto.
Eduardo:
¿Tú piensas que toda la academia debería ser abolida o es un mal necesario?
Alejandro:
Tiene que existir para la enseñanza de la filosofía y haya apoyo a la
investigación, en la medida de lo posible, pues la academia se dedica
más a la docencia. Pero la falacia que hay, me parece, es que se suele
confundir filosofia con academia como si ser filósofo fuera ser
académico. Esto no es el caso. Incluso hay una confusión peor: que ser
filosofo es ser docente. La docencia es solo una actividad filosófica,
pero a veces se piensa que lo es todo. Me molesta que se asuma que para
ser filósofo se implique forzosamente el gusto por impartir clase y la
búsqueda de plaza. Yo caí en esa falacia y quizá esto es más una rabia
contra mi mismo que contra la sociedad, aunque la sociedad lo impulsa.
Eduardo:
Es cierto. El sistema del mundo académico de alguna manera ha hecho que
nos resulte imposible pensar que alguien pueda volver a ser filósofo
como Schopenhauer, Kierkegaard o Nietzsche. Ahora si no se está en el
mundo académico, uno se vuelve popularizador de ideas o rockstar,
pero no alguien que deje un legado duradero a la filosofía. La mayoría
de los mortales si queremos hacer una contribución, tenemos que hacer
trabajo hormiga, apoyándonos seriamente en la muy inestable y no siempre
amigable estructura de la academia. Veo las cosas en términos de una
comunidad de sapiencia, y de exposición a contenidos. Si se lee
continuamente el trabajo de los demás sobre un tema, asistiendo a
conferencias sobre el mismo, reseñando publicaciones al respecto, etc.,
de alguna forma, por la exposición que tienes de esos contenidos, casi
por inercia lo que digas al respecto será una opinión cualificada.
Incluso si distas de ser un genio, por decirlo así, sólo con entrar a
ese engranaje, y haces las tareas propias del mismo, puedes contribuir
con algo interesante aunque seas alguien de mediana inteligencia. Ahora
que si una persona es muy inteligente o un genio, todo eso se potencia
mucho más. Esto lo digo con el afán de mostrar que la academia, al menos
en lo que la filosofía se refiere, es una maquina que produce
inteligencias donde antes sólo había neuronas funcionales.
Alejandro:
También podríamos decir que la academía es una maquina que crea otras
máquinas que crea autómatas, que repiten lo que dicen sus maestros. Ese
es otro peligro.
Eduardo:
Sí, también. Es como un
método y hay que sacarle partido a sus ventajas pero cuando quieres
participar en él y no usas sus reglas eres descuartizado y visto como
rebelde. No me refiero a la caza de plazas únicamente sino a la manera
misma en que se escribe algo o al dictar una ponencia. Corres el riesgo
de ser considerado un chiste o un farsante si no te apegas a las reglas
del juego. Eso es algo bueno y malo a la vez porque es un candado contra
charlatanes pero muchas veces le pone camisa de fuerza a la
originalidad.
Alejandro:
Genios como fue el caso de Wittgenstein.
Eduardo:
Hay charlatanes que se cuelan y pasan desapercibidos. También hay
genios que, como Wittgenstein, hacen lo necesario para sobrevivir en la
jungla pero la norma quizás es que el que tiene el verdadero temple
académico es el que se matiene en el sistema y el que mejor saca
provecho de sus ventajas. Los charlatanes serán excluidos, y los genios
causan compasión, no sabemos qué hacer con ellos.
Alejandro:
Al final todo eso da igual lo que hagan o no con los genios y
charlatanes y su papel en la academia. Lo que se queda y lo que
sobrevive son los textos y ahí es donde se distingue el trabajo
filosófico haya sido fuera o dentro de la academia, los textos son los
que hablan por sí mismos.
Eduardo:
Para quien tiene los
medios de producción, como tú, es fácil decirlo pero: ¿qué hara el genio
sin imprenta en la bodega?, ¿lo leerán?, ¿lo publicarán? Me voy, el
mundo es un enigma.
martes, 24 de septiembre de 2013
lunes, 17 de junio de 2013
Un rey viudo tenía dos hijos, el príncipe heredero y la princesa. El príncipe tenía una personalidad romántica y la princesa era sagaz. El príncipe sentía una atracción tal por la princesa que se convenció de que ella no podía ser su hermana pues esos sentimientos no eran naturales y pasaba demasiado tiempo a unusuales horas visitándola en sus habitaciones. Con la inocencia de la juventud y de la confidencia familiar la princesa se lo permitía cada vez siendo los roces menos inocentes, menos en la cadera y más en los mulsos y los suspiros cada vez fueron mayores. La princesa tenía el cabello corto y negro, la piel blanca, una mirada penetrante, muslos anchos y una astucia inusual para su edad. Ella no le permitía nada más que abrazos y coqueteos al príncipe pero no por falta de ánimo sino por pudor. Ella, más que el príncipe, sospechaba de sus orígenes pues tenía vagos recuerdos de su más tierna infancia de unos padres distintos a los reyes.
El ocio palaciego les concedía cantidades inusuales de tiempo para pasarla juntos y lo que comenzó como jugueteos infantiles se convirtió en un romance no confesado. Los labios no se tocaban pues ellos mismos no eran capaces de revelar sus deseos más por recato de cortes que por temores y vergüenzas. Ella hacía todo por no concederle más de lo permitido al príncipe pero era lo suficientemente astuta como para concederse las indulgencias que ella misma buscaba sin que nadie, ni ella misma, se diera cuenta. Los príncipes, llenos de comodidades, lo poseían todo salvo aquello que más anhelaban pues cualquier acercamiento no sólo significaría la perdida de todos sus privilegios sino su perdida, pero manteniendo todo en estas disimuladas caricias fraternales a la vista de todos se podían tener sin tenerse. Fue aquello una agonía dulce y continua que el príncipe no podía evitar verter en melancolía que a veces se le notaba y que la princesa volcaba en un cinismo que solamente ella veía. Para la corte, los príncipes reales demostraban un inusual afecto familiar pero nada más mientras que el rey no podía prestar atención a la inusual relación por sus múltiples ocupaciones.
Un día maldito se supo la verdad, la verdadera madre de la princesa llegó al palacio reclamando su parte y tal era su parecido que nadie lo dudo un solo segundo. Cuando el príncipe se enteró se llenó de gozo y fue en busca de su ya no hermana amada pero una turba había incursionado en el palacio indignada de las mentiras reales y alebrestada por algún partido opositor desconocido. El príncipe solamente quería encontrarse con la princesa, simplemente saber su reacción ante la noticia pero la gente del pueblo no se lo permitió. Cuando pasaron los disturbios el príncipe dio con ella la encontró abandonada sin pulso en un pasillo, su rostro dibujaba una sonrisa.
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