Un rey viudo tenía dos hijos, el príncipe heredero y la princesa. El príncipe tenía una personalidad romántica y la princesa era sagaz. El príncipe sentía una atracción tal por la princesa que se convenció de que ella no podía ser su hermana pues esos sentimientos no eran naturales y pasaba demasiado tiempo a unusuales horas visitándola en sus habitaciones. Con la inocencia de la juventud y de la confidencia familiar la princesa se lo permitía cada vez siendo los roces menos inocentes, menos en la cadera y más en los mulsos y los suspiros cada vez fueron mayores. La princesa tenía el cabello corto y negro, la piel blanca, una mirada penetrante, muslos anchos y una astucia inusual para su edad. Ella no le permitía nada más que abrazos y coqueteos al príncipe pero no por falta de ánimo sino por pudor. Ella, más que el príncipe, sospechaba de sus orígenes pues tenía vagos recuerdos de su más tierna infancia de unos padres distintos a los reyes.
El ocio palaciego les concedía cantidades inusuales de tiempo para pasarla juntos y lo que comenzó como jugueteos infantiles se convirtió en un romance no confesado. Los labios no se tocaban pues ellos mismos no eran capaces de revelar sus deseos más por recato de cortes que por temores y vergüenzas. Ella hacía todo por no concederle más de lo permitido al príncipe pero era lo suficientemente astuta como para concederse las indulgencias que ella misma buscaba sin que nadie, ni ella misma, se diera cuenta. Los príncipes, llenos de comodidades, lo poseían todo salvo aquello que más anhelaban pues cualquier acercamiento no sólo significaría la perdida de todos sus privilegios sino su perdida, pero manteniendo todo en estas disimuladas caricias fraternales a la vista de todos se podían tener sin tenerse. Fue aquello una agonía dulce y continua que el príncipe no podía evitar verter en melancolía que a veces se le notaba y que la princesa volcaba en un cinismo que solamente ella veía. Para la corte, los príncipes reales demostraban un inusual afecto familiar pero nada más mientras que el rey no podía prestar atención a la inusual relación por sus múltiples ocupaciones.
Un día maldito se supo la verdad, la verdadera madre de la princesa llegó al palacio reclamando su parte y tal era su parecido que nadie lo dudo un solo segundo. Cuando el príncipe se enteró se llenó de gozo y fue en busca de su ya no hermana amada pero una turba había incursionado en el palacio indignada de las mentiras reales y alebrestada por algún partido opositor desconocido. El príncipe solamente quería encontrarse con la princesa, simplemente saber su reacción ante la noticia pero la gente del pueblo no se lo permitió. Cuando pasaron los disturbios el príncipe dio con ella la encontró abandonada sin pulso en un pasillo, su rostro dibujaba una sonrisa.